Un pincel mexicano en Francia
"El hombre posee el tinte cobrizo, como su tierra mexicana, el orgulloso bigote y la estatura de un general, la sonrisa afectuosa y el talento de un artista. Artista de múltiples facetas, es el dibujante excepcional lo que llama más nuestra atención. Pocos son tan exigentes como él para expresar el alma de una pilastra gótica, el detalle de los volúmenes de una humilde parroquia de pueblo, la curva graciosa de un porche románico. Sus escenas citadinas, sus representaciones monumentales de las catedrales, sus castillos, todo ello forman su reputación. Acuarela, acrílico, óleo, ¡no importa! La búsqueda de la luz está allí, la precisión, el detalle también, que ofrecen un aspecto casi fotográfico (o más que fotográfico) a sus obras, y no obstante la subjetividad afectiva del pintor está presente siempre. El amor que él siente hacia esas construcciones humanas, a menudo inspiradas por la fe, recrea las obras con toques mágicos que nos hacen sentirnos felices."
Claude Carretta, a propósito de la exposición de Alfonso Méndez patrocinada por las embajadas de Francia y de México en San José de Costa Rica en el año 2008.
Alfonso Méndez nació en la Ciudad de México en 1936. Desde el año 2000 vive en Francia con su familia.
Ya en la tierna infancia se familiariza con el olor del aguarrás (esencia de trementina), pues su madre instala su taller de pintura en el hogar. Apenas puede sostener un lápiz cuando comienza a dibujar. Y así lo hace durante sus primeros años. Dibuja, dibuja, dibuja: futbolistas, tranvías, automóviles, charros, caballos; después, iglesias, iglesias de enormes torres, con cielos poblados de nubes.
A los dieciséis años, es admitido en un taller de pintura. Los artistas y artesanos de ese lugar no pintan sobre tela ni sobre papel sino sobre azulejos. Así, aprende la técnica del frotado, procedimiento necesario para hacer penetrar la pintura en los poros de ese material quebradizo y húmedo. Aprende también a enfrentarse a lo inesperado, pués luego del llamado sancochado y después del quemado del barniz a más de mil grados centígrados, el resultado es muchas veces decepcionante; algo parecido a lo que pasa con la acuarela. Al parecer este arte de pintura sobre azulejos se desvaneció desde hace muchos años. No obstante, todavía aparece por allí en alguna antigua fachada una imagen de la Virgen de Guadalupe, plasmada en azulejos. También en antiguas residencias de millonarios, al costado de las canchas de frontenis o en la piscinas, se conservan algunos murales, con los retratos de los dueños, ejecutados sobre azulejos. En el Bosque de Chapultepec, junto a una escultura de Don Quijote y Sancho Panza, todavía puede uno sentarse en una banca de azulejos decorados, donde cada cuadrito representa una escena de las aventuras del Caballero de la Triste Figura.
Alfonso abandona el taller de pintura. Detesta repetir cincuenta veces el mismo paisaje. Comienza a trabajar en un despacho de ingenieros y arquitectos, donde aprende a trazar planos y perspectivas y es iniciado en la fotografía. Al mismo tiempo ejecuta algunos cuadros al óleo y participa en bienales y concursos sin ningún resultado plausible. Sin embargo, su sueño es hacerse pintor, pero no se resuelve a acudir a las prestigiosas escuelas de pintura de México. Es un furioso autodidacta.
Para sobrevivir y casi sin quererlo emprende una carrera en el servicio público, pero le sigue corroyendo el gusano de la pintura y así consagra largas horas a copiar las obras de los grandes maestros: Rembrandt, Vermeer, Pisarro, Monet, Corot. Su hija Miriam le sigue los pasos y se hará después un nombre en la pintura mexicana.
Durante un viaje de vaciones por Europa conoce a Verónica, una francesa, quien después se reúne con él en México. Alfonso se retira del servicio público y entonces la pareja emprende una serie de viajes que no ha terminado.
Primero se instalan en la ciudad de Pátzcuaro, poblado antiguo de Michoacán, considerado joya del patrimonio mundial. Allí reside Miriam, su hija, con su marido, quien ya es pintor de renombre: Renato González. Alfonso traba conocimiento con numerosos artistas que residen allí y emprende con nuevos bríos la pintura. El Ayuntamiento lo invita a hacerse cargo de las clases de pintura y dibujo que se imparten en el Antiguo Colegio de Jesuitas. Detrás de los gruesos y venerables muros se podían ver las siluetas de las modelos desnudas que posaban para los estudiantes.
La pareja continúa su búsqueda y en una destartalada camioneta se trasladan a Puerto Vallarta en el Estado de Jalisco, a la orilla del Pacífico, que resulta ser un verdadero hormiguero de artistas: pintores, escultores, escritores. Sigue pintando y expone en las galerías y en el Café literario que abre su mujer en el centro de la ciudad. Algunas de sus obras viajan al extranjero y adornan los muros de residencias y departamentos de turistas estadounidenses y canadienses. Un paisaje que representa la Basílica de Pátzcuaro, ejecutado al óleo, está colgado en los muros de un restaurante mexicano en Las Vegas.
En el año 2000 la pareja parte para Francia, con sus dos pequeñas. Viven durante seis meses en París y después se instalan en Reims, ciudad natal de Verónica. Alfonso está fascinado por la arquitectura antigua: las catedrales e iglesias, los edificios de áticos cubiertos de pizarra, las torres puntiagudas y las chimeneas. Todo ello le hace recordar lo que su madre le leía cuando pequeño: el mundo de Verne, de Balzac, de Víctor Hugo, de Teófilo Gautier, de Stendhal.
Provisto de su caballete, de sus pinturas, de un cuaderno y de una vieja cámara fotográfica, sale a la búsqueda de cualquier cosa: la perspectiva de una calle, húmeda después de la lluvia de Otoño, una fachada iluminada tímidamente por la luz oblícua de la tarde, la verdura y el frescor de una mañana.Finalmente, en su sencillo taller, con la ayuda de sus notas y de sus fotos, compone cada uno de sus cuadros.
Alfonso Méndez prefiere mantenerse al margen de las teorías estéticas. Para él la pintura es algo relacionado con la poesía, algo que tiene que ver con la inmediatez de la experiencia directa y es lo que nos trata de mostrar en cada una de sus acuarelas. Cuando alguien le pregunta cómo logra representar de una manera tan real un suelo cubierto de hojas secas, responde sencillamente: "pintando hoja por hoja."
Sus acuarelas realizadas en Francia, han sido objeto de numerosas exposiciones personales. Entre ellas, la sede de la Rectoría de la Universidad de Reims, el Círculo Colbert, también en Reims, la Casa Clemangis en Chalons en Champagne. En 2008, la embajada de Francia y la embajada de México en Costa Rica, organizan una exposición consagrada a la obra del artista realizada en Francia. Actualmente una importante sala de decoración en el centro de Reims expone en forma permanente algunas de sus acuarelas inspiradas en los paisajes de la región Champagne Ardennes. Participa también en numerosas exposiciones colectivas. Algunos de sus cuadros se han exhibido en París, en Vezelay y en otras regiones de Francia.
Invitado por asociaciones de amateurs imparte cursos de perspectiva y acuarela y participa activamente en concursos y exposiciones colectivas. En 2004 obtiene el primer premio del jurado y el premio del público en el concurso Arts dans la rue organizado por los comerciantes del centro de Reims. En 2008 es el invitado de honor del Salón de Otoño que organiza el Cercle Picturial de Champagne en la ciudad de Tinqueux.
¿Autodidacta? No, en el sentido de que se mantiene abierto a todas las manifestaciones del arte. Sí, en el sentido de que confiesa una fobia enorme contra las academias y escuelas de bellas artes. "Se pierde mucho tiempo y esfuerzo tratando de aprender a pintar como el profesor y luego tratando de olvidar lo que se le enseñó..." Cuando alguien le pide consejo sencillamente le dice que busque su propio camino y que pinte...pinte...pinte.
Siempre en la búsqueda de algo, en 2008 la familia viaja a Nantes y esta vez se instala en un poblado al sur de este puerto, en el piso 17 de un viejo edificio construido por Le Corbusier. Desde ahí uno puede ver pasar las aguas del Loira y a treinta minutos en auto está...el Atlántico. Otros mundos se abren ante sus ojos. Y continúa pintando, pintando.





